INTRODUCCION-------------------------------------------------------------------------------------------------------------
(anterior)
“Debe
quedar claro que cuando hablamos de que en tal o cual lugar ‘hubo
un gran movimiento tanguero’, es por el peso y la gravitación
de las figuras locales que conformaban grupos y orquestas que actuaban
durante todo el año en pueblos y ciudades transitando caminos
pródigos en polvaredas y fango, pero también ricos
en emociones y sueños”.
Algunas
aclaraciones indispensables
Este trabajo
se propone rescatar nada menos que los sentimientos de las personas
en un momento determinado, que es algo así como rescatar
la vida misma.
Italo Calvino escribió que “una ciudad no dice su pasado,
lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos
de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de
las escaleras, en las antenas de los pararrayos...”
Y podríamos agregar que lo contiene también en sus
más nítidas expresiones culturales y sociales porque
ellas representan la identidad de cada pueblo.
Si bien el tango se mantiene firme como expresión entrañable
de la cultura popular, también es cierto que su vitalidad
no es la misma que la que tuvo en los tiempos que transcurren estos
apuntes históricos, fundamentalmente en las décadas
de 1930 a 1960 inclusive.
No es propósito de este trabajo indagar las causas que originaron
esta realidad, pero como dato objetivo debe decirse que a partir
de la aparición de Los Beatles -y antes aun- el tango comenzó
a perder escaños en los lugares bailables y en las grabaciones
comerciales.
Hay quienes argumentan, a modo de atenuante, que se registró
y se registra una caída brusca en la difusión del
tango por parte de los medios masivos. Hay también, tangueros
que vivieron aquella época y la presente y realizan cierta
autocrítica al señalar lo que consideran escasa predisposición
de músicos, intérpretes y letristas para adecuar sus
creaciones a los tiempos que corren, sin dejar de tener en cuenta
que han sido relativamente escasas esas creaciones en las últimas
dos décadas. Cabría pensar, en todo caso, que algunas
expresiones del rock nacional de los setenta y ochenta contienen,
tal vez, ciertos elementos tangueros, como han reconocido unos cuantos
músicos y cantantes de tango y más de un rockero devenido
en militante del gotán tiempo después.
Sea como fuere, el tango está; el tango existe, hay jóvenes
que quieren aprender a ejecutarlo y otros -de ambos sexos- lo cantan
con esmero. Además, numerosos cantantes populares de casi
todos los países de habla hispana rescatan, cada vez más,
las letras del tango para incorporarlas a sus repertorios, con ritmos
variados que pueden pasar tanto por el bolero, la cumbia o la salsa,
según los casos.
El propósito principal de este trabajo y esta publicación,
es rescatar un pedazo importantísimo de la cultura popular
en un momento determinado de la historia de ciudades del interior,
sureñas en su mayoría.
El eje es Tandil, no sólo por tratarse de la ciudad en la
que nació y reside el autor de esta investigación,
sino porque su condición de ciudad intermedia -120.000 habitantes,
fuerte agroganadería, comercio, industria, universidad nacional-
le han conferido el grado de “población testigo”
a la hora de realizarse encuestas y mediciones de toda índole.
Sin embargo, hemos viajado bastante para hablar con gente de otras
cuantas poblaciones, y llegamos a una misma conclusión: el
tango no es solamente “la canción de Buenos Aires”.
Al tango se lo sintió, se lo vivió y disfrutó
con la misma intensidad que en las dos capitales del Plata que lo
vieron nacer, aquí en tierra adentro. No nos atrevemos a
generalizar y afirmar que fue exactamente igual en “todo el
interior”. Pero sí, al menos, en estas tierras sureñas
en que la inmigración -sobre todo italiana- contiene porcentajes
muy similares a los de Buenos Aires y Montevideo.
Creemos haber conseguido con este trabajo, más allá
de sus cualidades -que juzgará el lector- un importante rescate
si se quiere antropológico, gracias a la predisposición
de la gente para acceder a las entrevistas y facilitarnos su valioso
material testimonial y fotográfico, verdaderas reliquias
que al poder publicarse pasan a constituir a partir de aquí,
parte del patrimonio cultural de la región. Y enriquecen
nuestra identidad de rioplatenses y sureros.
A modo de advertencia, es pertinente señalar que el lector
se va a encontrar con unos cuantos nombres célebres del tango,
en ocasión de haber actuado ellos -o ellas- en Tandil. Sobre
todo Carlos Gardel, con quien hicimos una excepción y le
dedicamos un capítulo especial reseñando sus múltiples
visitas a esta zona. Pero corresponde aclarar que el objetivo del
trabajo ha sido el rescate de las figuras lugareñas. No obstante,
a modo de muestra, se describen algunas situaciones de esos momentos
en que se llenaban los escenarios -no podía ser de otra manera-
cada vez que venían Aníbal Troilo, Hugo del Carril,
Osvaldo Pugliese o Julio Sosa, por citar unos pocos ejemplos. Pero
debe quedar claro que cuando hablamos de que en tal o cual lugar
“hubo un gran movimiento tanguero”, es por el peso y
la gravitación de las figuras locales que conformaban grupos
y orquestas que actuaban durante todo el año en pueblos y
ciudades transitando caminos pródigos en polvaredas y fango,
pero también ricos en emociones y sueños.
Hechos relevantes del quehacer social, político y deportivo
de la ciudad, se incluyen a manera de muestreo. Se hace hincapié
en las antiguas romerías o en los carnavales, en las costumbres,
pero también en el turf, el automovilismo y el fútbol,
porque estuvieron indisolublemente ligados al tango sobre todo en
aquellos tiempos dorados.
Demás está señalar, por último, que
esta historia es abierta, al igual que todas las historias. Van
a faltar datos, nombres y apellidos, fotos y anécdotas. Quedarán
ciudades por recorrer y obtener así más testimonios.
Será un desafío para tangueros y para investigadores
de temas de la cultura popular.
Por el momento, mil gracias a quienes nos aportaron información;
a los calificados prologuistas Natalio Pedro Etchegaray y Orlando
Giorlandini; a los jóvenes y talentosos historiadores tandilenses
Daniel Dicósimo y Ricardo Pasolini, por su aliento permanente,
críticas constructivas y debates apetitosos; a mi familia,
que soportó estoicamente mis largas horas, días o
incluso semanas enteras de concentración en los más
variados rincones de bares tandilenses y hoteles rioplatenses, con
la computadora portátil como mudo pero fiel testigo.
Néstor Dipaola
Octubre de 2001
Algunas
reflexiones a modo de conclusión
Afirmar si aquel tiempo
pasado fue mejor, peor o igual que el presente sería, por
lo menos, imprudente. Es posible que se trate de un tema digno de
una investigación exclusiva sobre el particular. Y el debate,
aún así, quedaría abierto. Sin embargo, creemos
válido transmitir una sensación que vivimos en el
proceso de desarrollo de este trabajo: las emociones traducidas
en lágrimas, en llantos.
Todas las historias son
abiertas y ésta no escapa a las generales de la ley. Sin
embargo, creemos haber demostrado la hipótesis señalada
en la Introducción de este trabajo. Partimos de la premisa
de que el tango, si bien fue concebido y parido en ambas capitales
del Plata, se vivió con la misma intensidad e idénticas
pasiones en los más remotos rincones del interior, por pequeños
que éstos fueran. Por lo menos en esta región sureña,
la “pampa gringa” como es denominada con acierto por
muchos estudiosos. Que por otra parte es la región donde
realizamos la muestra, que incluye innumerables testimonios que
pudimos recoger, y un valioso material fotográfico al que
accedimos y que ponemos a disposición de los lectores al
finalizar los respectivos capítulos. Son en total más
de 200 fotografías, desde la década de 1920 en adelante.
Se ha tomado a Tandil como eje central de la investigación,
no solamente por ser el lugar de nacimiento y residencia del autor
del trabajo, sino porque es considerada “ciudad testigo”
en el orden nacional, para numerosas circunstancias y mediciones,
entre ellas las elecciones, índices de desempleo y análisis
varios. Pero lo interesante es haber podido demostrar cómo
en toda esta región tomada para la muestra, los datos, las
opiniones y los hechos son coincidentes.
Un tema clave a considerar
es el del arte tomado como trabajo rentado por la mayoría
de los protagonistas. En general, aunque en el interior fueron pocos
los que pudieron vivir de la música, unos cuantos sí
lo consiguieron. Pero absolutamente todos y en todas partes, coincidieron
en las buenas remuneraciones que percibían por las actuaciones,
que son siempre concebidas en términos de “trabajo”.
Además estaban agremiados en las respectivas Asociaciones
Musicales que existían en cada ciudad, con reglamentaciones
que favorecían la actividad de los músicos. Proliferan
en el libro testimonios como los siguientes:
-Gracias a este oficio coseché muchos amigos, hice mi hogar,
crié a mis hijos. Nunca hice otra cosa. No sé si seré
bueno, pero tuve suerte en trabajar siempre en esto. En 1972 estaba
en Mar del Plata y escuché el bandoneón eléctrico.
Quedé asombrado y ahí nomás le dije a mi señora:
Yo también lo voy a usar. Hay que tener todo eléctrico,
si no, no podés tocar... Pero, claro, si no fuera por eso
a lo mejor no lo usaría, porque la dulzura no sale de la
electrónica. El relato (capítulo 5) pertenece al tandilense
-nativo de Necochea- Pedro Delahorca. Falleció con alrededor
de ochenta y cinco años y tocó hasta sus últimos
días. Se ganó la vida tocando en los bailes. Y “aunque
la dulzura no sale de la electrónica”, llegó
un momento en que decidió actualizarse utilizando la tecnología
de la época, sencillamente porque había que trabajar.
Hubo otros músicos
que complementaban sus ingresos con la docencia musical, tal el
caso del maestro tandilense José Ferrer:
-Mi padre tiene cerca de treinta composiciones registradas y muchas
otras que no llegó a hacerlo. El bandoneón y la música
fueron siempre su pasión, al punto de dejar de lado otras
cosas en su vida por eso. Fue muy trabajador y honesto, y exigente
con sus alumnos. Entre las tres y las ocho de la tarde atendía
su academia en la casa donde nosotros crecimos. Era un desfile de
gente que iba a estudiar bandoneón, de todas las edades.
Eran casi treinta alumnos, con diferentes horarios, por lo que ese
desfile de personas tocando timbre a cada rato parecía una
verdadera romería. (Testimonio de uno de sus hijos, Eduardo
Antonio Ferrer, capítulo 5).
Además, estos
músicos del interior también muestran su orgullo por
el trabajo que hacían:
-Hice mi hogar tocando el bandoneón. Nunca realicé
otra cosa. Soy jubilado de la Escuela Municipal de Música,
luego de ejercer durante 24 años. Pero sigo trabajando en
eso y también soy el presidente de los jubilados y pensionados
municipales. (Alberto Raúl Schettino, bandoneonista de la
ciudad de Benito Juárez, todavía con vigencia; capítulo
12).
El trabajo no faltaba,
e incluso a unos cuantos, les sobraba:
-En la década del cuarenta estábamos todos ocupados,
por la fuerte demanda que había de las instituciones. La
mayoría eran escuelas que organizaban bailes en los clubes
de su pueblo. Entonces, surgían los contratistas. Por ejemplo
a Pedro Delahorca lo iban a buscar para cuatro bailes al mismo tiempo.
Pero por supuesto que no podía ir más que a uno. Entonces
él veía a los músicos y les preguntaba: ¿Tenés
algo para este sábado? Si el otro no tenía ofertas
hasta ese entonces, él replicaba: Entonces, estate a las
nueve de la noche en el Bar Tito. Llegado el momento, él
mismo se encargaba de decirles adónde irían y cómo
se distribuían los músicos para formar el grupo. ¿Contratos?
No. El contrato era la palabra. (Luis Cicopiedi, capítulo
6).
Queda claro, pues, que todos cobraban por su trabajo, por más
que se trataba, en muchos casos, de bailes organizados por escuelas
de pueblo, según narra el bandoneonista tandilense. El dinero
circulaba y había para que una parte recaude la cooperadora
escolar y el resto fuese a parar a los trabajadores de la cultura,
como corresponde.
Algo similar a lo que
declaró Cicopiedi, señalan los Rossi, de Olavarría:
-Hemos tocado en toda clase de ambientes. Vivimos de lo bailable.
Papá más chocho estaba cuanto más lío
había, cuando se agotaban los músicos y tenían
que cumplir aquí y allá, era un rompecabezas... Siempre
lo acompañaba la suerte. ¡Cada merengue, Dios mío...!
Lo comprometían y como mi padre no podía decir que
no, mandaba. A veces sacaba un músico de esta orquesta, un
músico de otra, sacaba de distintos lugares. (Capítulo
13).
Fue una época
de grandes dirigentes, que hicieron crecer a las instituciones.
El dinero que recaudaban con los bailes se convertía rápidamente
en ladrillos. Dependencias, gimnasios, piscinas, tribunas, ampliaciones
por aquí y por allá. Ello se conseguía con
las actuaciones de músicos locales y también con las
presentaciones de los más famosos del Río de la Plata.
-Una de mis actividades dentro del Club Excursionistas era la contratación
de espectáculos. Pudimos traer a las principales figuras.
Vinieron, entre otros, Aníbal Troilo y su orquesta con los
cantores Floreal Ruiz y Edmundo Rivero. Alfredo de Angelis y su
orquesta estuvieron en cuatro oportunidades, con la voz de Carlos
Dante. En otras cuatro, Alberto Castillo y su conjunto y la misma
cantidad de veces la orquesta del maestro Osvaldo Pugliese. (También)
Hugo del Carril, cuando estaba en su apogeo como actor de cine y
cantor. No cabía un pelo en el club. (Testimonio del dirigente
tandilense José Angelillo, que también fue buen cantante
de tangos).
La ciudad atlántica
de Necochea vivió épocas de esplendor en cuanto a
su actividad turística. Y esta circunstancia se emparentaba
con el trabajo de los músicos:
-La actividad en Necochea era muy grande musicalmente hablando.
Muchos turistas se quedaban toda la temporada, los tres meses. Venían
los padres, los hijos y traían a la mucama inclusive. Aunque
venían las grandes figuras de Buenos Aires, sobraba trabajo
también para los nuestros. En la Bel Mar tocaban a la una
de la tarde, a las tres. A las cinco, a las nueve hasta las seis
de la mañana. Otro tanto ocurría en Casablanca. La
sociedad porteña organizaba ahí los carnavales, con
disfraces traídos de Europa, para ellos y sus chicos. (Testimonio
del periodista necochense Julio Pérez, capítulo 12).
También hubo abundancia
en Tres Arroyos:
-Eramos muchos; pero trabajábamos todos muy bien. Para darle
una idea, si yo con mi trabajo (fui siempre carpintero, y continúo
en actividad) ganaba mil pesos, con la música ganaba cinco
mil. Y ni hablar para los Carnavales. También cobrábamos
horas extras. Por ejemplo un club nos contrataba hasta las tres
de la mañana, pero muchas veces ocurría que era la
una y la gente no llegaba, lo hacía más tarde porque
se habían quedado en los “reservados”, por ejemplo.
Entonces nos quedábamos hasta las seis, siete u ocho de la
mañana. En esos casos salíamos con una valija de dinero.
(Testimonio del cantante Arnaldo Etchegoyen, capítulo 15).
Y frente a Buenos Aires,
pero del otro lado del río, en una ciudad del interior uruguayo,
pasaba lo mismo:
-Era una buena época, una vida linda, más tranquila,
había más plata. Nos contrataban de todos lados, siempre
dentro del departamento de Colonia. La ciudad capital y todos los
pueblos. En Tarariras se trabajaba muy bien, a veces estábamos
para Carnaval dos semanas seguidas allí, tocando todos los
días. Había unos lindos corsos en la calle y cuando
llegaba las doce de la noche, la gente se iba para los clubes. (Aldo
Asandri, músico de Colonia del Sacramento, capítulo
15).
Otro eje interesante
para destacar, entre muchos, en estas conclusiones, tiene que ver
con la pasión con que la gente respondía a las convocatorias,
ya sea bailes, espectáculos, concursos y demás. Veamos
algunos ejemplos:
-El concurso se hacía casi todas las noches y duró
más de dos meses; era otra época, muy distinta y el
bar Colón se llenaba siempre. Yo tenía como hincha
número uno a Julián Andrade, apodado El Zurdo, hijo
de quien fuera célebre compañero de andanzas de Juan
Moreira. Le encantaba escucharme cantar y se hizo hincha, así
que se ofreció para colaborar conmigo al hacerse el escrutinio
de votos en la final. No sea cosa que le metan el perro, me dijo.
Y yo, que no tenía hinchada, acepté. Al Zurdo lo ayudó
un gran amigo, Yiyo Gogorza. Realizado el escrutinio, gané
por cuatro votos, ante el aplauso de la gente; presenciaron esa
final por lo menos 200 personas. (José Angelillo, capítulo
4, hecho ocurrido en el año 1935).
Son muy importantes los
aspectos cuantitativos reseñados a lo largo del libro. Cuando
mencionamos, por ejemplo, esos bailes con 2.000 a 5.000 personas
o más, según se hicieran en lugares cerrados o al
aire libre. O aquellos Carnavales de 1950 en Tandil con doce bailes
simultáneos, con la mitad de población que la actual.
Y con referencias similares en todas las demás ciudades,
incluyendo las más pequeñas. Pero el tango se sintió
y se expresó en estas pampas también en términos
cualitativos. Aquí se produjo música, y de la buena.
Se compuso, se escribieron letras, se estudió muchísimo.
Los ejemplos del Cuarteto Típico París y del Conjunto
de Bandoneones (ambos de Tandil) y de las orquestas de los Rossi
(padre y seis hijos) de Olavarría, son los más destacables
porque sus integrantes llegaron a tocar con éxito en Buenos
Aires y en varios países extranjeros. Estamos mencionando
a los que permanecieron en sus pueblos, por nostalgias o por razones
personales, pudiendo haber triunfado en las grandes urbes. Pero
ni hablar de los que se iniciaron en estas tierras y después
fueron figuras famosas en las metrópolis, tal el caso de
Firpo y Bardi, de Las Flores; Berto y Di Sarli, de Bahía
Blanca; Cobián, de Pigüé; Charlo, del interior
de La Pampa; y Canaro de San José de Mayo, allá en
la Banda Oriental, por citar unos pocos casos.
Por último, destaquemos
que toda esta rica historia del tango no puede ni debe ser tomada
aisladamente de un amplio contexto cultural y social muy diferente
al de nuestros días, y que podríamos resumir en este
párrafo que escribimos para el capítulo noveno:
Esta particular agrupación
(Peña La Rosca) transcurrió años de apogeo,
de gloria, en un Tandil distinto, con prosperidad económica,
social y cultural. Un Tandil sin televisores y sin videos, en que
los chicos se dedicaban a jugar al fútbol en los potreros
y cuando crecían... ¡eran campeones provinciales! Un
Tandil que realmente era una fiesta. Un Tandil en el que se le daba
la bienvenida al rocanrol pero nadie se atrevía a despedir
al tango; y lograron convivir. El Tandil de Jorge Di Paola, Mariano
Betelu y el polaco Witold Gombrowicz, nada menos.
El mismo Tandil que produjo a un Danilo Vidal que le ganó
a Leguisamo en Palermo. Y a un Mario Clavell, un René Lavand,
un Víctor Laplace, un Facundo Cabral. Y entremezclado, Osvaldo
Soriano.
Un Tandil que fue célebre por sus maravillosos circuitos
para correr Turismo Carretera ante 20.000, 30.000 o 40.000 personas.
Con una Farándula Estudiantil impresionante, iniciada justo
en 1960. Un Tandil que años atrás se había
dado el lujo de crear un mundo de cultura a través del Ateneo
Rivadavia. Y que desde los comienzos de la década del sesenta
se dedicó a hacer realidad el sueño de tener su propia
Universidad.
Que se trataba de tiempos
muy distintos es algo sobre lo que todos coinciden. Horacio Nicolella
escribió en “Ecos Diarios”, de Necochea (capítulo
12) , esta frase que lo dice todo: “... Años de una
Necochea ya casi olvidada, a tal punto que se puede llegar a dudar
que alguna vez hayan existido”.
Sea como sea, afirmar si aquel tiempo pasado fue mejor, peor o igual
que el presente sería, por lo menos, imprudente. Es posible
que se trate de un tema digno de una investigación exclusiva
sobre el particular. Y el debate, aún así, quedaría
abierto. Sin embargo, creemos válido transmitir una sensación
que vivimos en el proceso de desarrollo de este trabajo: las emociones
traducidas en lágrimas, en llantos. Muchos de los protagonistas
que entrevistamos llegaron a llorar delante nuestro, por la emoción
que les provocaba evocar tantos momentos gratos que iban relatando
en las entrevistas, realizadas casi siempre en sus propios domicilios.
Emociones que se transmiten, que seguramente se prolongará
en los lectores y que -confesamos- sentimos nosotros también
cuando entrevistamos a la gente y luego en el momento de concluir
algún párrafo o capítulo.
Al respecto dejamos planteada esta gran duda, este gran interrogante,
para la reflexión de cada lector: ¿Viviremos nosotros
parecidas sensaciones, llegado el momento? ¿Las vivirán
los pibes que ahora tienen veinte...?
Chau y suerte a todos.
Un fuerte abrazo
NESTOR DIPAOLA
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